Hay personas que, incluso después de marcharse, siguen recordándonos qué significa hacer política con principios.

Hoy, 1 de noviembre, Antonio Romero Ruiz habría cumplido años, 71 para ser más concreta. Y su recuerdo llega en un momento en el que la política parece haberse instalado demasiadas veces en el ruido, la descalificación, el enfrentamiento permanente y el insulto. Un tiempo en el que sobran los gritos y se echan de menos las palabras con contenido; en el que abundan los discursos calculados y escasean las convicciones defendidas con honestidad.

Por eso hoy merece la pena recordar a Antonio Romero. Y hacerlo también junto a otra figura imprescindible de aquella izquierda, Julio Anguita.

Antonio Romero no llegó a la política desde los despachos ni desde las comodidades de una carrera institucional. Su trayectoria estuvo vinculada al mundo del trabajo, al movimiento jornalero, al sindicalismo y a la defensa de quienes históricamente han tenido que luchar para conquistar sus derechos. Fue un hombre que sabía de dónde venía y, sobre todo, a quién quería representar.

Quienes recordamos aquella manera de intervenir en la vida pública (en mi caso, muchas veces de la voz de nuestros mayores), echamos de menos su contundencia, su capacidad para poner los asuntos encima de la mesa y su manera de enfrentarse al poder sin perder de vista a quienes más necesitaban que alguien levantara la voz por ellos. Desde muy pequeña oía de voz de mi padre cómo hablaba de Romero y de Anguita con total admiración y respeto.

Pero hay algo que me gustaría destacar especialmente de Antonio: su capacidad para reconocer y valorar en otras personas los principios que él mismo defendía.

Conservo una carta abierta que dirigió a las vecinas y vecinos de Rincón de la Victoria, en la que expresaba públicamente su apoyo a mi candidatura a la alcaldía.  Y al releerla encuentro mucho más que un respaldo político. En ella encuentro una auténtica declaración de principios sobre cómo entendía que debía ejercerse la política.

Antonio escribía que yo estaba en la vida pública «repartiendo solidaridad» y destacaba que mis iniciativas estaban orientadas a «la consecución de la igualdad, la lucha contra la marginación, contra la discriminación».

También recuperaba una frase que atribuía al gran poeta y Premio Nobel de Literatura: «La solidaridad es la ternura de los pueblos».

No son palabras menores. Tampoco lo es su referencia a una nueva generación de mujeres que tienen «una visión de los cuidados y de los bienes a proteger», extendiendo esa protección a las personas mayores, las personas con discapacidad y las propias mujeres.

En aquella carta, Antonio defendía una política municipal comprometida con «la solidaridad y la paz, reparto de la riqueza y por la igualdad». Y terminaba reivindicando una ciudad feminista y progresista.

Leer hoy aquellas palabras permite entender mejor qué clase de política defendía. Una política que no se limitaba a confrontar, sino que también sabía construir, reconocer el trabajo de los demás, poner en valor la solidaridad y defender un proyecto colectivo.

Porque la contundencia no está reñida con la educación, para quienes confunden esa misma contundencia que manifiesto en los plenos con “agresividad”. Ni la firmeza con la honestidad. Se puede defender unas ideas con convicción sin convertir al adversario en un enemigo. Se puede ser firme sin perder la humanidad.

Eso es algo que mi querido Romero ponía en valor sobre mi persona. Porque me decía que el pueblo más que políticos insensibles que solo soltaban palabras y no actuaban, necesitaban a personas empáticas, cercanas y solidarias que se pusieran en su piel…”de eso camarada Rocío, tu sabes mucho”.

Y yo le decía: “Antonio siempre que alguien me pida algo, lo haré muy gustosamente, porque estoy del lugar del que da y no del que necesita”.

También está presente el recuerdo de Julio Anguita. Dos trayectorias distintas, pero unidas por una manera de entender la responsabilidad política: principios, coherencia, compromiso y defensa de los intereses de la mayoría social.

Anguita defendía el programa frente al tacticismo, las ideas frente a los cálculos y la ética pública frente a los privilegios. Antonio Romero representaba esa izquierda arraigada en el mundo del trabajo, que conocía la realidad de los jornaleros, de los trabajadores y de quienes tantas veces han tenido que pelear para conquistar derechos que otros daban por sentados.

No se trata de idealizar el pasado ni de pensar que todo tiempo anterior fue mejor. Se trata de preguntarnos qué ha ocurrido para que hoy echemos tanto de menos determinadas formas de hacer política.

La izquierda necesita recuperar la capacidad de hablar claro, de señalar las injusticias, de defender sin complejos a quienes viven de su trabajo y de no olvidar jamás cuál es su razón de ser. Necesita menos ruido y más argumentos; menos estrategias de supervivencia y más proyectos colectivos; menos preocupación por los espacios de poder y más atención a los problemas cotidianos de la gente.

Y, sobre todo, necesita recordar que la política no puede convertirse en un fin en sí misma. Es una herramienta para transformar la sociedad y mejorar las condiciones de vida de la mayoría.

Antonio Romero ya no está entre nosotros, como tampoco Julio Anguita. Pero sus trayectorias y sus palabras forman parte de una memoria política que merece ser conocida y transmitida. No por nostalgia, sino porque hay principios que no deberían pasar nunca de moda: la honestidad, la coherencia, la defensa de los trabajadores, la justicia social, la igualdad y la dignidad de quienes nunca han tenido las cosas fáciles.

Hoy, en el día en que Antonio Romero habría cumplido años, quiero recordarlo también desde aquella carta a Rincón de la Victoria. Porque en sus palabras encontramos al político, pero también al compañero capaz de reconocer la solidaridad, la pasión y el compromiso allí donde los encontraba.

Podrán cambiar los tiempos, los discursos y las formas, pero hay algo que no debería cambiar nunca: estar siempre del lado de quienes más necesitan que la política esté de su parte.

Salud y memoria, Antonio. Que tu ejemplo siga interpelándonos.

Gerardo, Antonio y Julio. Ninguno de los tres se quedó con pensión vitalicia.
Rocío

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